NASHA, un cuento conmovedor escrito por una Uruguaya radicada en España.

Agosto, del año de nuestro señor de 1750

Nasha nació, como cualquier esclava, en un granero en las tierras del patrón de su madre. Era una joven de piel mulata que trajeron unos negreros desde África, donde fue capturada. A diferencia de su progenitora, su tez era de color caramelo y su cabello con tonos dorados como los de su padre; uno de los marineros del barco. Esta muchacha se crio en cautividad acostumbrada desde pequeña a las labores que le imponían debido a su condición. Al cumplir los trece años, fue vendida a una plantación de Nueva Orleans en el estado de Luisiana; en una región al sur del país, llamada Wright, y que era propiedad de Izan y Julissa Wright. Dejando en su memoria lo que alguna vez fue su familia, o lo más parecido a ello.

            La vida en el rancho no era fácil. Sus patrones, dos personas despiadadas y con carencia humana, recordaban día a día a cada uno de sus esclavos, que el derecho a la vida era otorgado exclusivamente por ellos. Los castigos eran muy variados, desde azotes con una vara de cuero de vaca, a tizones encendidos untados con brea para las penas más graves. Mientras el señor Izan pasaba la mayor parte de la jornada controlando la plantación, la señora Julissa se encontraba obsesionada por su apariencia y por ende, con los espejos. Lucía una gran colección por todas las paredes de la casa, y cada lunes, exigía a sus esclavas que los limpiaran con esmero. Así le gustaba pasar sus días, viéndose reflejada en ellos. De todos los rincones del país llegaban las láminas de cristal enmarcadas en lujosas molduras y algún esclavo, colgaba bajo las órdenes de los patrones. De aquel matrimonio macabro nacieron tres hijos, los cuales Nasha se encargaba de cuidar, limpiar y darles de comer. Con la misma maldad de sus padres, estos mocosos en más de una ocasión habían contado mentiras sobre ella, llegando a recibir más de un latigazo sin motivo. Aún recordaba la primera vez que su impoluta espalda sufrió uno de ellos. Los infantes acusaron a la esclava de romper unas finas copas del comedor. El patrón, enfurecido, ordenó que la ataran al árbol que lucía sus altas ramas frente la casa señorial, y allí, recibió seis latigazos, uno por cada copa rota, mientras que los niños desde la ventana de su habitación, miraban la escena con ojos perversos.

Pero lo peor estaba por llegar.

Una noche, después de acostar a esos monstruos, Nasha se dirigía a las afueras de la casa para retirarse después del duro servicio del día. Al pasar por la puerta de la habitación de los señores Wright, sintió un leve jadeo. Sin poder contener su curiosidad, acercó su oído a la puerta, tratando de imaginar aquellos placeres que ella tenía prohibido. Pero la suerte no estuvo de su lado, fue descubierta por Titan, un viejo esclavo muy devoto de sus amos, y la calamidad cayó sobre ella. Nasha recuerda esa noche cada vez que su cabello toca la zona en la que una vez estuvo su oreja, la cual fue arrancada de cuajo al ser acusada de escuchar conversaciones ajenas.

            Pero la maldad del señor Izan fue tal, que no conforme con haberle privado de la oreja, la destituyó del cuidado de los niños siendo trasladada a una vieja habitación que había junto a la cocina, y terminar sentenciada a ser una esclava de compañía. Allí, cuando las luces se apagaban, Nasha podía sentir cómo se le aceleraba el pulso. El olor ácido de su sudor llenaba la habitación síntoma del miedo, esperando a que en el momento menos oportuno apareciese el patrón para violarla, golpearla y hacerle vivir los terrores más inhumanos. Esta situación fue sumiendo a la joven esclava en la pesadumbre. Su hermoso y joven rostro se fue demacrando. Sus ojos quedaron hundidos y en su frente se alojaron varias arrugas a las que se sumaron profundas cicatrices resultado de los encuentros con el señor Wright.

Aquella mañana, el sol iluminaba las tierras calentando los cimientos de la Casona de la plantación, y obligaba a un viejo perro, refugiarse bajo un árbol. En la casa, las esclavas trabajaban sin descanso, algunas limpiaban los espejos, otras lustraban el suelo con su propio cuerpo, mientras cestas de comida paseaban hacia la cocina anunciando un gran festín. Julissa Wright daba nerviosas órdenes sin cesar, controlando minuciosamente los preparativos para el cumpleaños de uno de los niños, que se celebraba esa misma noche mientras, de reojo, no perdía la ocasión de admirarse en cada espejo que encontraba a su paso. Nasha cortó con mucho mimo y cuidado flores del jardín. Con paciencia elegía de los arbustos los mejores capullos, el color rosa para los floreros de la entrada y el rojo para los del salón, dejando en cada uno algunas hojas verdes para poner a su alrededor. La poca brisa que corría, le refrescó el rostro por un momento, y con la misma parsimonia con la que se movía, se dirigió hacia la cocina para preparar el pastel de cumpleaños.

Esa noche la señora Julissa se encontraba radiante y feliz. Iba a presumir ante sus invitados de su gloriosa fortuna, y disfrutaría de su belleza viéndose reflejada en los innumerables espejos. Los niños correteaban de habitación en habitación, mientras un esclavo vestido con prendas blancas, paseaba una bandeja con copas llenas de coñac. Una mujer negra y regordeta salió de la cocina con una enorme tarta en sus manos, llamando la atención a los mocosos que enseguida corrieron a su alrededor. Ya entrada la noche y con el alcohol de las copas pasando factura a los invitados y al señor Wright, estos no mostraron interés en probar el pastel. Sin embargo, Julissa y dos de sus hijos devoraron hasta el último pedazo de su porción, mientras el más pequeño dormía plácidamente en los brazos de una niñera.

            Los dolores empezaron de madrugada y el gran caserón se llenó de gritos agónicos que reverberaban por las paredes. Los criados corrían desesperados de un lado hacia otro mientras una diligencia, traía con urgencia al mejor médico de la ciudad, el cual sin poder hacer nada, presenció cómo fallecían al amanecer, Julissa y dos de sus hijos. La casa se hundió en penumbras. Los llantos del patrón y su ira hicieron torturar a cada esclavo, ejecutando a cualquiera que, según él, fuera sospechoso. Con insistencia siguió interrogando a todos los siervos de la plantación hasta descubrir la cruel verdad. Nasha, después de horas de castigos, confesó y describió con detalle cómo con aquellas pequeñas manos hábiles, había preparado el pastel envenenado con las hojas de Adelfa, que previamente había machacado con cuidado para evitar que se notaran. Durante un amanecer turbio y sin cuidar los detalles, fue ahorcada en el árbol donde muchas veces fue azotada delante de la plantación Wright. Se prescindió de cubrir los espejos con sábanas para evitar que las almas quedaran atrapadas, y es hoy en día, donde puede verse a la joven esclava junto a su patrona y sus dos hijos, reflejados en los viejos cristales.

            La plantación poco a poco fue arruinandose. Los esclavos vieron llegar la decadencia del majestuoso lugar en los ojos del patrón. Rehuía del sol descuidando sus tierras y el trabajo de sus esclavos. Embriagado, vagaba a altas horas de la noche arrastrando sus pies al caminar y provocando las habladurías del servicio que lo creían poseído. A los pocos meses de la muerte de su mujer, su hermana se hizo cargo del hijo menor del matrimonio; el único heredero y sobreviviente de los Wright. El patrón fue encontrado colgado del viejo árbol, en el mismo lugar donde mató a Nasha, pero la suerte no estuvo de su lado. Al no calcular bien la cuerda necesaria ni su altura, el patrón se aseguró una muerte lenta pero segura, al no conseguir quebrar su cuello.  Lo demostraron sus ojos salidos de las cuencas, su lengua hinchada y azul, junto a los arañazos en el tronco del árbol donde dejó varias uñas incrustadas en un intento de arrepentimiento que de nada le sirvió, porque ya era demasiado tarde.

Es autora del libro ilustrado de relatos cortos Reflexus: El mal se esconde en la oscuridad (2020) del cual Nasha, es el primero de seis relatos acerca de mujeres que sufrieron distintas situaciones de violencia
Natalia Carnales
Autora tambien de la antología Relatos y otros cuentos (2021).
Biografía

Natalia Carnales es una escritora uruguaya naturalizada en España. Su actividad se ha desarrollado en la narrativa breve. Con su relato corto Noche sin luna (2018) consigue el título de tercer finalista en el concurso Letras con arte, después son seleccionados mas de veinte de sus relatos para antologías como Diversidad Literaria. También ha publicado el cuento Nochevieja (2020) en la antología Relatos de año nuevo muerto y Atrapasueños (2021) en la antología Onírica: Relatos y alucinaciones. Recibió el primer premio en el concurso Relatos legendarios de Editorial Ciudad Gótica y Diario tinta Nova con su relato Luna llena (2021). Participó en la antología Atrévete a soñar de la editorial Semilla Aérea con su relato Sin voz (2022). Además, ha realizado varias contribuciones con radio Panam, México, en su programa Antología Literaria, colaboraciones en radio Creadores de letras emergentes, Venezuela y audios relatos en Ivoox a cargo del locutor Antonio Soto Patiño. Actualmente la revista Necroscriptum de México ha llevado sus relatos Culpable y Margaret a cómics.


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Nació en la ciudad de General Güemes, Salta. Escritora,
Diseñadora de interiores recibida en la Universidad Nacional de Tucumán, estudió
Grafología, en el Instituto Emerson de Buenos Aires, entre otras cosas.
Tallerista.

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